cumpliendo estaciones
3, 20 de 2006-06-20 de 2006
-o incumpliendo promesas mejores-
Se encontró entre caminos de asfalto y
césped recién cortado.
Halló, con el pasar de los meses,
las estaciones del año,
que se cumplían como mandamientos
escritos en piedra.
El rojo, nunca fue tan rojo como en aquellos días;
los árboles eran esculpidos de un barro acabado de cocer,
rojo
más amarillo,
al final, su naranja.
Primarios que sumados tenían sus secundarios.
El único momento, en el que lo impuro,
no dejó de ser bello.
Y como en un cine de verano,
veía caer el tiempo,
mientras nos hablábamos de tú.
Y cubriste de estrellas artificiales su cielo negro.
La mano del hombre,
el cameraman, jugaba congelando copos en tu desván.
Congelaste mis tobillos mientras divisaba en mi mente,
muy a lo lejos, uno entre un millón,
el buscado monte con sombrero blanco.
Te pillé. A lo lejos. Te pillé.
Un viaje de ida y vuelta.
Un hoy y un mañana y un pasado mañana.
Un ahora o nunca.
Y mientras me gustaba pensar que yo era tu sombrero
de paseo en las mañanas de domingo.
Y repican las campanas en la diócesis.
Y caigo en un letargo profundo,
pasearemos cuando te hayas cansado de ofrecerme
ausencia,
cuando el aire me huela a otra cosa que no sea a frío,
cuando olvide mi complejo de cebolla,
y cuando me muestres qué eres.
Mientras, perdóname, pero añoro tempranamente
los árboles carmesí.
Te odio.
Melodrama de pequeño estudio
con bajo presupuesto.
Y por sombrero no más que un rojo gorro de lana.
Me pierdo entre la noche y el día.
Siempre madrugadas,
sin mañanas.
Bucles de tempo.
Y sucumbo al encanto de tu colchón verde,
los primeros amarillos sin mezclar.
Un óleo puro.
Repúblicana en tu tierra burguesa,
de grandes reyes y emperadores.
Como regalo: tulipanes asiáticos.
Y de nuevo, el ronroneo de los gatos cortejándose.
Y un nuevo aire. Una brisa.
La cebolla siempre en ensalada.
Reinventaste tu tiempo
y tus habitantes son sombras que tocan el violín
en la tercera planta.
Flamenco en la quinta, al son de agua sucia
-grandes dosis de suavizante, un único programa de lavado a máquina-
durante 20 minutos.
Repique de palmas.
Batucada mental.
Y soy capaz de perderme entre la pelusa blanca,
y entre el gentío mudo.
Y entre los caminos de asfalto
-sin baldosas amarillas-
y el césped recién cortado diariamente.
Y las estaciones del año se cumplian como mandamientos
escritos en piedra.
Se encontró entre caminos de asfalto y
césped recién cortado.
Halló, con el pasar de los meses,
las estaciones del año,
que se cumplían como mandamientos
escritos en piedra.
El rojo, nunca fue tan rojo como en aquellos días;
los árboles eran esculpidos de un barro acabado de cocer,
rojo
más amarillo,
al final, su naranja.
Primarios que sumados tenían sus secundarios.
El único momento, en el que lo impuro,
no dejó de ser bello.
Y como en un cine de verano,
veía caer el tiempo,
mientras nos hablábamos de tú.
Y cubriste de estrellas artificiales su cielo negro.
La mano del hombre,
el cameraman, jugaba congelando copos en tu desván.
Congelaste mis tobillos mientras divisaba en mi mente,
muy a lo lejos, uno entre un millón,
el buscado monte con sombrero blanco.
Te pillé. A lo lejos. Te pillé.
Un viaje de ida y vuelta.
Un hoy y un mañana y un pasado mañana.
Un ahora o nunca.
Y mientras me gustaba pensar que yo era tu sombrero
de paseo en las mañanas de domingo.
Y repican las campanas en la diócesis.
Y caigo en un letargo profundo,
pasearemos cuando te hayas cansado de ofrecerme
ausencia,
cuando el aire me huela a otra cosa que no sea a frío,
cuando olvide mi complejo de cebolla,
y cuando me muestres qué eres.
Mientras, perdóname, pero añoro tempranamente
los árboles carmesí.
Te odio.
Melodrama de pequeño estudio
con bajo presupuesto.
Y por sombrero no más que un rojo gorro de lana.
Me pierdo entre la noche y el día.
Siempre madrugadas,
sin mañanas.
Bucles de tempo.
Y sucumbo al encanto de tu colchón verde,
los primeros amarillos sin mezclar.
Un óleo puro.
Repúblicana en tu tierra burguesa,
de grandes reyes y emperadores.
Como regalo: tulipanes asiáticos.
Y de nuevo, el ronroneo de los gatos cortejándose.
Y un nuevo aire. Una brisa.
La cebolla siempre en ensalada.
Reinventaste tu tiempo
y tus habitantes son sombras que tocan el violín
en la tercera planta.
Flamenco en la quinta, al son de agua sucia
-grandes dosis de suavizante, un único programa de lavado a máquina-
durante 20 minutos.
Repique de palmas.
Batucada mental.
Y soy capaz de perderme entre la pelusa blanca,
y entre el gentío mudo.
Y entre los caminos de asfalto
-sin baldosas amarillas-
y el césped recién cortado diariamente.
Y las estaciones del año se cumplian como mandamientos
escritos en piedra.
Magnifique
estas palabras son muy tú.